19 septiembre 2010

Miguel Hidalgo: Ensayo sobre el mito y el hombre (1953-2003). (Reseña)

Apropósito del Bicentenario, una reseña del libro de:

Terán, Marta y Norma Páez. Miguel Hidalgo: Ensayo sobre el mito y el hombre (1953-2003). México: INAH/CONACULTA/MAFRE TAVERA, 2004.

Introducción.
El presente trabajo constituye la reseña de la obra de Marta Terán y Norma Páez que recogen distintos trabajos de autores mexicanos sobre la vida y obra de Miguel Hidalgo y Costilla; personaje protagónico de la Independencia mexicana.[1] En cada uno de los ensayos, se analizan aspectos de la vida de  Miguel Hidalgo: su educación, su pensamiento teológico y político; así como las razones que le impulsaron a liderar el levantamiento popular de 1810.

Miguel Hidalgo: Ensayo sobre el mito y el hombre (1953-2003).

La obra de Terán y Páez esta dividida en cuatro apartados, cada uno de ellos esta ordenado cronológicamente. En el primer apartado denominado “¿Quién vive?”, que abarca de 1952-1992, aparecen reseñados los textos de Luis Villoro, Edmundo O’Gorman, Carlos Herrejón Peredo y Luis González y González, quienes abarcan temas biográficos, educativos, políticos y sociales de la vida de Miguel Hidalgo. Lo característico de todos ellos, es la visión humana que dan del personaje: sus emociones, sentimientos, intereses y pasiones. Por ejemplo, Luis González y González en su ensayo El gran seductor; indaga sobre los motivos y razones ideológicas que impulsaron al cura Hidalgo a emprender el levantamiento en contra del poder colonial establecido, y elogia la astucia que tuvo al manejar tan bien su don de convencimiento, que lo llevo, en un lapso muy corto de tiempo (cuatro meses), a constituir un ejercito insurgente y tener miles de seguidores:

A su don natural de dominio y a su carisma de cura y de macho juntó su astucia de zorro, su deseo inteligente de engatusar o seducir a las masas, para obtener algo que estaba muy lejos de las aspiraciones populares. El ingenio seductor de Hidalgo está fuera de duda, aunque no sólo a sus artimañas puede atribuirse el enjambre de seducidos que lo siguió en su aventura militar contra el poder hispano[2].

También cabe resaltar por otra parte, la visión “casi divina” que realiza en Hidalgo: violencia y libertad; Luis Villoro coincidiendo así con la visión más tradicional de la empresa independentista de Hidalgo:

El pueblo […] sigue [a Hidalgo] como a un santo o a un iluminado; ante el se arrodillan los sacerdotes, una guardia de corps lo precede, como a un soberano, y sus hombres encuentran en el de Alteza Serenísima el mejor nombre que darle; no Señoría, ni Excelencia, ni Generalísimo, cuál era su rango, sino, Alteza, nombre propio de quien se ensalza por encima de todos los demás hombres.[3]

No obstante, no todos los autores reseñados por las coordinadoras de la obra en este apartado, están de acuerdo con esta imagen tan benévola del padre Hidalgo. Por ejemplo, Edmundo O´Gorman, en su ensayo: Hidalgo en la historia; citando a Servando Teresa de Mier, señala: “no fue un santo, ni santa la obra que emprendió, […] jamás un abismo semejante de males y crímenes me arrancará demasiados  panegíricos”[4]
Al mismo tiempo, O’Gorman, contrarrestando la opinión negativa de Mier, cita a Ignacio Ramírez quien, por el contrario, exalta de manera extraordinaria la figura del prócer: “los mexicanos […] no descendemos del indio, ni del español; descendemos de [Miguel] Hidalgo que por eso es verdaderamente el Padre de la Patria.”[5]
Como se observa la “estrategia” del historiador mexicano consiste en contraponer opiniones, a favor y en contra,  de manera que el “mito Hidalgo” adquiera una cierta humanidad, propia de un personaje que va a responder a los condicionantes histórico- sociales de su época.
En esta misma línea histórico-social, Luís González, señala que el movimiento social emprendido por Hidalgo tuvo “aspectos racistas” y religiosos:

Por que se manifestó, claro el odio de los indios por los blancos, y fue también religiosa porque el clero, que había sido el principal agente de España para la dominación de la Nueva España, era ahora el que principalmente trabajaba por su independencia, y una virgen servía de lábaro a las multitudes.[6]

González nos ofrece como la figura del héroe fue cambiando para la historiografía mexicana, pasando de ser un “demonio” y su movimiento insurgente un “satanismo”, a ser el padre de la patria.
En el segundo apartado de la obra es el denominado: “Un Rostro, Un Monumento”. Y abarca desde 1947 y 1992. Este apartado contiene ensayos de Ernesto de la Torre Villar, Juan Hernández Luna, Esperanza Garrido, Justino Fernández y Gonzalo Obregón; quienes  estudian la figura de Miguel Hidalgo a través del tiempo mediante el análisis de monumentos y pinturas que pretenden enaltecer la imagen del “héroe de la independencia” o del “Padre de la Patria”.
Estos autores señalan que los monumentos, erigidos en las principales poblaciones y ciudades a lo largo y ancho del país, se han hecho como homenaje a Miguel Hidalgo y recordatorio de los aniversarios de la Independencia de México. Según ellos, lo que se persigue con estas obras conmemorativas es crear un sentimiento favorable y de exaltación a la figura de Hidalgo; generando en torno de ella, las claves de la identidad nacional mexicana.
Ernesto de la Torre Villar, en su ensayo: Hidalgo y sus monumentos; hace un recorrido por la historia de los monumentos, edificados en honor a los llamados “héroes de la independencia”; no sin antes dar una breve descripción del movimiento del cura de Dolores. En este sentido,  nos menciona que: “[…] Los monumentos a Hidalgo y a otros héroes se prodigan y su abundancia alcanza su meta en 1910, en el que todos los pueblos, por pequeños que fueran, quisieron tener, si es que no lo tenían ya, un digno monumento del Padre de la Patria.”[7]
Por su parte, Juan Hernández Luna, en su ensayo Las raíces ideologiotas de Hidalgo y de nuestra revolución de Independencia, hace referencia a las representaciones teológicas y filosóficas que se tenían de Hidalgo y la Independencia. En relación con lo teológico el autor menciona que en la Exhortación que hace el arzobispo de México,  Don Francisco Javier de Lizana y Beaumont dirigida a los habitantes de su diócesis

[…] representa a Hidalgo como aquel ministro de Jesucristo que “luci[a] antes como un astro tan brillante por su ciencia” pero que fu[e] “engañado por el espíritu maligno” y “[ha] caído como otro Luzbel por [su] Soberbia”. [Y lo] acusa […] de haber cometido el pecado de la soberbia. […] la soberbia contra la autoridad eclesiástica, contra el emperador, el virrey, fue el pecado [que] lo convirtió en el demonio de Dolores.[8]

Y en lo filosófico, en donde nos menciona el autor que según Barreda, Hidalgo fue un “hombre de genio y corazón”:

De genio por que supo emancipar inteligencia de los prejuicios teológicos y metafísicos recibidos de la sociedad colonial en donde se había educado y aceptar las conquistas de la ciencia positiva, que lo capacitaron para “escoger el momento en que se debía dar principio a la grandiosa obra que meditaba”. Y de corazón, porque se decidió a “sacrificar su vida y su reputación” a favor de aquella causa que quería ver triunfante y gloriosa en un lejano porvenir.[9]

En el ensayo Evolución y manejo de la imagen de Miguel Hidalgo y Costilla en la pintura mexicana (1828-1960) de Esperanza Garrido, hace alusión a como se manejó la imagen del Padre Hidalgo en la pintura mexicana: “a partir de los años veinte, Hidalgo no sólo era republicano, liberal y democrático sino también apóstol de la lucha social, el centro de nuestra historia.”[10] Muralistas como Diego Rivera, en su magnifico mural del palacio nacional, desarrollan la figura de Hidalgo:

Enmarcado por unas viñas en la parte baja de esta escena (símbolo de la rebeldía del cura de dolores) con las cadenas de la esclavitud –que ya abatió– en las manos, el gesto inteligente y preocupado; le rodean otros insurgentes como Allende y Morelos, […] protagonista, para  Rivera de la historia futura; a su lado están Zapata Carrillo Puerto y José Guadalupe Ramírez.[11]

También señala esta autora como otro muralista Clemente Orozco, es capaz de unir en su mural en al Cámara Legislativa en el Palacio de Gobierno de Guadalajara la figura de hidalgo con tres momentos culminantes de nuestra historia: Independencia, Reforma y Revolución:
El “padre de la Patria” ahora si pertenece a la tierra, luce tremendamente preocupado y hasta resignado: mientras que un hombre sin rostro tiende las manos  atadas hacia el héroe, otro cruza la espada sobre la palabra “libertad” que esta escribiendo Hidalgo, a quien vemos como un hombre que siente próximo el fin, que legisla pero como quien sabe bien que su pluma no vencerá  el acero; no es el idealista, sino el desencantado.[12]

Gonzalo Obregón, en su ensayo denominado Notas cobre la iconografía de Hidalgo, destaca que las pinturas sobre Hidalgo nos ofrecen una imagen física del héroe basada en la descripción que hiciese Lucas Alamán:

Era de mediana estatura, cargado de espaldas de color moreno y ojos verdes vivos, la cabeza algo caída sobre el pecho, bastante cano y calvo, como que ya pasaba de unos sesenta años, pero vigoroso, aunque no activo ni pronto en sus movimientos… Poco aliñado en su traje no usaba otro que [no fuese] el que acostumbraban entonces los curas de los pueblos pequeños[13].

A su vez, Justino Fernández en Los dos Hidalgo de Orozco, considera que la imagen física de Hidalgo ha ido cambiando a lo largo del tiempo.  Si revisamos estampas, fotos de los libros de texto, monografías, pinturas o dibujos que hay acerca de este personaje, podremos observar que no hay una imagen única de él. No se sabe con exactitud cómo era realmente, y sólo se tiene la descripción que dejó Lucas Alamán, Según Obregón, un ejemplo palpable del “transformismo visual” del héroe Hidalgo, vale mencionar la doble visión que de él nos ofrece el pintor Orozco en el mural del Palacio de Gobierno de Guadalajara: una como el “libertador de Nueva España”; y otra como apacible párroco e intelectual que en sus días en San Felipe leía literatura ilustrada francesa.[14]
En el tercer apartado de la obra que se titula “De la teología a la política” cuyos ensayos se escribieron entre 1953 y 1979;  se analizan los estudios de Gabriel Méndez Plancarte, Juan A. Ortega y Medina, Juan Hernández Luna, Catalina Sierra Casasús, Rafael Moreno Montes de Oca, Mariano Peset y José Luis Soberanes, en torno a los aspectos de la filosofía teológica de Miguel Hidalgo subyacentes en su causa independentista, y como vio la Iglesia novohispana el movimiento encabezado por éste. Así como Gabriel Méndez  Plancarte en el ensayo: Hidalgo, reformador intelectual, se refiere como fue la vida intelectual y literaria de Hidalgo: mencionando que Alamán reconocía que “D. Miguel Hidalgo se distinguió en los estudios que hizo en el colegio de San Carlos…, en el que después dio con mucho lustre los cursos de Filosofía y teología, y fue rector del mismo establecimiento “[15]
Según Juan A. Ortega y Medina  en su ensayo El problema de la conciencia cristiana en el padre Hidalgo, menciona que para algunos miembros de la Iglesia, Hidalgo al haberse revelado contra esta y la Corona española es descrito como “Luzbel”, atribuyéndome la imagen del “ángel caído” que se rebelo contra la voluntad divina. En este sentido, su levantamiento es considerado “herético, judaizante, apostata, ateísta, sedicioso, cismático, materialista, hereje formal, luterano, deísta y calvinista”[16].
Por otra parte Juan Hernández Luna, en su ensayo El mundo intelectual de Hidalgo, analiza la educación académica de Miguel Hidalgo y Costilla, afirmando que en realidad no era doctor, pues no tenía el titulo expedido por la Real y Pontificia Universidad de México, y plantea que debería  revocársele dicho nombramiento:

En [un] documento de la época, […] escrito por [un] doctor de la Universidad, se asegura que  la insurrección del 16 de septiembre de 1810 está condenada al fracaso, fundamentalmente porque  Hidalgo, su principal jefe, era un simple cura sin prestigio académico, a quien llama “doctor” sin serlo, esto es, sin haber obtenido ese titulo de la Universidad.[17]

Sin embargo, Luna señala que a pesar de tener solo el grado de bachiller, a Hidalgo tuvo la oportunidad de impartir cátedra en el colegio de San Nicolás, del que después fue rector; esto no obstante de que algunos de los doctores de la Real y Pontificia Universidad de México, consideraban que “Hidalgo no tenia una personalidad universitaria genuina.”[18]
Por otra parte, Catalina Sierra Casasús, nos habla sobre la excomunión a Hidalgo por parte del obispo Manuel Abad y Queipo, en su ensayo El excomulgador de Hidalgo, en donde menciona que el 24 de septiembre de 1810, se expide un edicto de excomunión en contra de Hidalgo, y solo 15 días después de que empezó la lucha por la independencia reafirmó la excomunión al cura de Dolores y a sus seguidores, los capitanes Allende, Aldama y Abasolo, donde los acusaban de calumniar a los europeos, de perturbar el orden público, de sacrílegos y otras cuantas cosas mas.[19]
En La teología ilustrada de Hidalgo, Rafael Moreno Montes de Oca, aborda la vida teológica del Padre Hidalgo y nos menciona que el estaba consiente de lo que sucedía en el extranjero  y lo presenta como una persona ilustrada.

Hidalgo por la Disertación sobre el verdadero método para estudiar Teología, encuentra el sitio que le corresponde dentro del grupo de ilustrados mexicanos de la segunda mitad del siglo XVIII. […] No se trata simplemente de renovadores de ideas y de hábitos viejos, sino de pensadores que establecen o quieren establecer una nueva ciencia, una nueva Filosofía y una nueva Teología. Merecen en realidad el calificativo de ilustrados[20]

Mariano Peset y José Luís Soberanes, en su ensayo El levantamiento de Hidalgo y la Universidad de México, hacen un análisis de los documentos de la Universidad de México y cual era la visión que tenía sobre el levantamiento del cura de Dolores y mencionan que en los escritos de la universidad se desprende una incomprensión sobre el movimiento insurgente.
[…] Incomprensión para la conducta personal de Hidalgo y cuantos le siguieron, que expresaba una desazón y deseo de cambio indudables, […] incomprensión de las realidades de aquel momento en que se está derrumbando el Antiguo Régimen […] y en América existen juntamente deseos y vías para la independencia [que] son mas bien, ideología de las clases dominantes que destacan los viejos tópicos del Antiguo Régimen para salvar la situación.[21]

En el último apartado de la obra llamado “De lo político a lo social”, se insertan estudios realizados de 1953 a 2003; de Manuel Carrera Stampa, Moisés González Navarro, Rodrigo Martínez Baracs, Silvio Zavala, Ramón Alonso Pérez Escutia, Guadalupe Jiménez, Marta Terán y Moisés Guzmán Pérez. Todos ellos, destacan la labor eclesiástica de Hidalgo y sus preocupaciones sociales, como lo señala Manuel Carrera Stampa en el ensayo Hidalgo y su plan de operaciones, menciona que el cura enseñó a sus feligreses el cultivo de la vid y las moreas; así como también apicultura, mandando traer abejas de La Habana. Asimismo Carrera señala que “estableció […] una fábrica de loza; […] una carpintería; […] telares y pozos artesanos;”[22] ligando a estas acciones un pensamiento ilustrado cuya finalidad era el apoyo al desarrollo de su parroquia.
Rodrigo Martínez Baracs, en su ensayo: El instante de la libertad negativa. Sobre las bases sociales del levantamiento de Hidalgo., hace comparaciones de la Guerrea de Independencia en la nueva España, con otros lugares de Hispanoamérica, como Perú, Río de la Plata y Venezuela, y menciona como fue la participación de las personas en los levantamientos populares en dichos lugares:

Nueva España fue la única colonia en la que el proceso de Independencia fue desencadenado y realizado por un amplio movimiento popular que  desbordó posibilidades de control de los líderes criollos. Esta situación contrasta notablemente con la ausencia casi total de la participación popular (indígena y negra) en la Independencia peruana, con la participación popular controlada y contenida en la Independencia rioplatense o con la participación popular activa, pero en el bando realista, en la Independencia Venezolana.[23]
 
Por su parte, Silvio Zavala argumenta en Miguel Hidalgo, libertador de los esclavos
que Hidalgo y sus precursores intelectuales, adoptaron un lenguaje que justificara sus medidas libertarias, pero conservando sus principios de “humanidad” y “misericordia”  que venían de su formación cristiana; a su vez afirmaba que la esclavitud  es contraria a los clamores naturales,  e invoco a favor de su movimiento los derechos inalienables e imprescindibles del hombre, que habría de sostener con ríos de sangre si fuese necesario como en efecto ocurrió.[24]
Moisés González Navarro plantea en La política social de Hidalgo, que buscando  un mejor predominio en los intereses de los indios,

Hidalgo dispuso en Guadalajara  el 29 de noviembre de 1810  a) la abolición de la esclavitud, b) la abolición de los tributos, c)la alcabala quedó reducida al 6% al 2% para los efectos e la tierra y al 3% para los europeos, d) abolición el papel sellado, e) la libertad para fabricar pólvora, vino y demás bebidas prohibidas, f) abolición de los estancos de toda clase de colores, y ”las demás exacciones de bienes, y de comunidad y de toda clase de pensiones que se exijan a los indios”, y g) la libertad del cultivo del tabaco.[25]

Marta Terán en el ensayo: Los decretos que abolieron el arrendamiento de las tierras de los indios en 1810; Hidalgo abolió la esclavitud, y el arrendamiento de las tierras de los indios, pues los grandes propietarios, la iglesia, las cofradías y los conventos le rentaban las tierras para que los indios las trabajaran, una practica común en la colonia, pues el gobierno español se había convertido en el administrador de las tierras de los indios, y las cedían a los labradores bajo un contrato por el cual tenían que pagar un monto anual de aproximadamente un cinco por ciento de su valor.[26]
Sin embargo, en el ensayo Hidalgo propietario y litigante de Ramón Alonso Pérez Escutia, hace un recorrido por las posesiones territoriales de Miguel Hidalgo  y su hermano Manuel:

 Hidalgo fue tomando posesión de las diferentes superficies, no continuadas territorialmente, que le fueron  adjudicadas como mejor postor al remate de los bienes que fueron de Matías Rivas y Solar. En total, le fueron extendidos 35 amparos de posesión durante  las diligencias que se prolongaron hasta el 5 de marzo de 1791. a lo largo de estos actos correspondientes o faltaron las protestas y contradicciones de otros propietarios de la comarca, quienes se veían afectados en realidad o trataban de sacar ventaja de la presencia de un nuevo usufructuario que pos razones muy obvias, no conocía lo suficiente los terrenos otorgados.[27]

Guadalupe Jiménez Codinach, menciona en su ensayo: Hidalgo y la conspiración de San Miguel el Grande, cual era el papel que tenia Hidalgo en dicho suceso,; y menciona que:

[…] Hidalgo nunca aceptó ser el iniciador ni jefe principal de la conspiración previa a 1810 [y] afirmó que nunca pensó en entrar en proyecto de Independencia  alguno, a diferencia de don Ignacio Allende que siempre estaba propenso a hacerlo. Dijo haber estado enterado de los propósitos y actividades de Allende, aunque no fue hasta principios de septiembre cuando éste le pidió que fuera a Querétaro, donde le presentó “a dos o tres sujetos de poco carácter” que decían tener con ellos a 200 personas de la “plebe”.[28]

Finalmente, Moisés Guzmán Pérez, en su ensayo Hidalgo y los Estados Unidos, tara el tema de los Libros Prohibidos por el Santo Oficio que circulaba en la Nueva España que algunos provenían de Estados Unidos. También hace mención de las reuniones que el Cura de Dolores tenía en su casa, las cuales eran muy significati8vas pues todos hablaban con mucha libertad y eran tratados igualitariamente.  Y nos dice que: “Hidalgo fue [quien] logró que las “tertulias” o “concurrencias” dejaran de ser de la elite y se abrieran de capa a los sectores sociales medio con cierto interés de cultura y diversión.”[29]

Conclusión
            Debido al rigor académico y la excelente estructuración temática,  la obra de Terán y Páez puede ser considerada de gran utilidad por el lector para descubrir algunos de los distintos puntos de vista que la historiografía mexicana ha dado sobre la vida  de uno de los personajes más influyentes de su historia nacional Miguel Hidalgo y Costilla dado que ofrece un panorama historiográfico amplio que nos muestra a un Hidalgo humano y “casi divino”, provisto de una personalidad compleja que hace mucho más atractiva su figura y su obra.



[1][1] Terán, Marta y Norma Páez. Miguel Hidalgo: Ensayo sobre le mito y el hombre (1953-2003). México: INAH/CONACULTA/MAFRE TAVERA, 2004. Esta obra contiene 23 ensayos de distintos historiadores mexicanos que abarcan publicaciones realizadas entre los años 50  del siglo pasado y el año 2003.
[2] Luis González y González, “El gran seductor” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004,  p. 81.
[3] Luís Villoro, “Hidalgo: violencia y libertad” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 43.
[4] Edmundo O´Gorman, “Hidalgo en la Historia” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004p. 53.
[5] Ibíd., p. 60.
[6] González, Op. Cit. en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo…, p. 84.
[7] Ernesto de la Torre Villar,, “Hidalgo y sus monumentos” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p.96.
[8] Juan Hernández Luna, “Las raíces ideologiotas de Hidalgo y de nuestra revolución de Independencia” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004,, p. 98.
[9] Ibíd., p. 100.
[10] Esperanza Garrido, “Evolución y manejo de la imagen de Miguel Hidalgo y Costilla en la pintura mexicana (1828-1960)”en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 130.
[11] Ibíd., p. 131.
[12] Ídem.
[13] Gonzalo Obregón, “Notas sobre la iconografía de Hidalgo” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 119.
[14] Justino Fernández, “Los dos Hidalgos de Orozco” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p 114.
[15] Gabriel Méndez Placarte, “Hidalgo, reformado intelectual” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 135.
[16] Juan A. Ortega y Medina, “El problema de la Conciencia cristiana en el Padre Hidalgo” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 157.
[17] Juan Hernández Luna, “El mundo intelectual de Hidalgo” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 165.
[18] Ibíd. p. 166.
[19] Catalina, Sierra Casasús “El excomulgador de Hidalgo” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004,, p. 177.
[20] Rafael Moreno Montes de Oca, “La teología ilustrada de Hidalgo”en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 193.
[21] Mariano Peset y José Luís Soberanes, “El levantamiento de Hidalgo y la Universidad de México” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 207.
[22] Manuel Carrera  Stampa, “Hidalgo y su plan de operaciones” ” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p.211.
[23] Rodrigo Martínez Baracs, “El instante de la libertad negativa. Sobre las bases sociales del levantamiento de Hidalgo” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 233.
[24] Silvio Zavala, “Miguel Hidalgo, libertador de los esclavos” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 244.
[25] Moisés González Navarro, “La política social de Hidalgo” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 221.
[26] Marta Terán, “Los decretos que abolieron el arrendamiento de las tierras de los indios en 1810” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 277 y 278.
[27] Ramón Alonso Pérez Escutia, “Hidalgo propietario y litigante” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 256.
[28] Guadalupe Jiménez Codinach, “Hidalgo y la conspiración de San Miguel el Grande” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 275.
[29] Moisés Guzmán Pérez, “Hidalgo y los Estados Unidos” en Marta Terán y Norma Páez, Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/CONACULTA / Fundación MAPFRE TAVERA, 2004, p. 300.